Daniela Padilla Martínez analiza la coherencia que une la selección, la cultura y el trabajo en equipo

Reunión de mujeres profesionales en una sala de conferencias con ordenadores portátiles durante una sesión de trabajo empresarial.

El trabajo en equipo, la cultura organizacional y la selección de talento suelen abordarse como ámbitos distintos dentro de las empresas. Sin embargo, para Daniela Padilla Martínez, especialista en cultura organizacional y gestión de personas, los tres están conectados por una misma cuestión: cómo una organización se relaciona con las personas, gestiona las diferencias y construye confianza desde el primer contacto.

Esta conexión se hace visible en la gestión de los desacuerdos. Los conflictos no son necesariamente negativos: pueden ayudar a revisar decisiones, identificar errores o ampliar perspectivas. El problema aparece cuando dejan de estar orientados al objetivo común y pasan a convertirse en una disputa por imponer una posición individual. En esos casos, la necesidad de tener razón puede desplazar la búsqueda de soluciones y afectar a la cohesión del equipo.

Daniela Padilla, ha señalado que esta dinámica no depende solo de la preparación técnica de quienes integran una organización. También requiere madurez emocional, capacidad de asumir responsabilidades y disposición para reconocer cuándo una decisión debe corregirse. Trabajar de forma coordinada no implica evitar el desacuerdo, sino sostenerlo con claridad y respeto para avanzar en conjunto.

Esta misma lógica se traslada a la cultura interna. Para Daniela Padilla Martínez, humanizar una organización no significa reducir la exigencia, sino integrar firmeza y dignidad en la manera de liderar. Una cultura sólida puede ofrecer retroalimentación directa, mantener conversaciones difíciles y establecer expectativas claras sin recurrir a la humillación, al miedo o a la desconexión emocional como forma de autoridad.

La confianza se construye a través de experiencias concretas: cómo se responde ante un error, qué comportamientos se reconocen, cómo se toman las decisiones y si existe coherencia entre el discurso corporativo y la práctica diaria. El área de Talento adquiere así una función que va más allá de la administración de personal, al participar en el diseño de entornos donde las personas puedan desarrollar su trabajo con claridad y respeto.

La selección de talento representa uno de los primeros espacios en los que esa cultura se pone a prueba. Definir con precisión un puesto, explicar las condiciones reales del rol y evaluar tanto las competencias técnicas como la capacidad de colaboración ayuda a reducir desajustes posteriores. “Contratar bien no es solo elegir al mejor currículum, sino entender qué necesita realmente el equipo y cómo evolucionará el rol en el tiempo”, sostiene Padilla Martínez.

La transparencia durante el proceso de selección y una incorporación bien acompañada permiten trasladar esa coherencia a las primeras etapas de la relación profesional. Para la especialista, las organizaciones se fortalecen no por evitar el error, el conflicto o la vulnerabilidad, sino por aprender a gestionarlos con responsabilidad, respeto y una visión compartida.